El caso de las estafas multitudinarias hasta ahora comienza. Es preciso esperar las investigaciones para que empiece a volar de todo al zarzo. Hasta ahora han caído algunas de las cabezas, que van desde miembros de la sociedad de Duitama hasta lo más excelso de la gente “bien” de Bogotá.
Los abogados que asesoraron ahora dicen que sólo emitieron un concepto, salvo Abelardo que está convencido de la legalidad de toda la operación. Los hoteles cerraron sus puertas a DMG para su rueda de prensa porque no les conviene esa imagen y en adelante será una vergüenza tener relaciones con estos mercachifles estafadores pero desde hace unos años, mucha gente invirtió y ganó y es posible que algunos hayan salido ilesos y triunfantes pero muchos otros van a perder su plata o buena parte de ella.
Los estafados no tienen derecho a mucho reclamo porque asumieron un riesgo con entidades que lo único que tenían para ofrecer era rendimientos exorbitantes y sólo se necesita sentido común para saber que si pagan muchos intereses, el riesgo es gigante.
Angurria es la palabra que puede definir esta situación. Angurria la de David Murcia Guzmán y los demás líderes de estas estafas que creyeron que podían enriquecerse ilegal y fenomenalmente sin que el Estado reaccionara. Angurria la de los inversionistas, ahorradores o activadores de marca que se les olvidó la máxima económica financiera que indica que “de eso tan bueno no dan tanto”.
Angurria la del sistema financiero que todos los años presenta utilidades monumentales y no incorpora la responsabilidad social en su esquema de negocio. Los bancos deben asumir la responsabilidad social volviendo el sistema financiero más accesible para todos, pagando mejores rendimientos sin descontar tanto servicio y prestando a los que lo necesitan y no sólo a los que tienen jugosos flujos de caja.
Angurria la de los hampones dueños de la plata que se estaba lavando en este esquema, porque creyeron que habían encontrado la fórmula perpetua para lavar dinero.
Si los negocios como los de Murcia y otros fueran posibles dentro de la legalidad, estaríamos presenciando un evento histórico y en uno años diríamos a nuestros hijos y nietos: “en mi época había que trabajar para sostenerse, ahora con las pirámides podemos vivir sentados y Don David nos manda nuestra mesada”
Si la brillante idea de la administración distrital de La Capital, de cambiar por sexta vez en 10 años la nomenclatura de las calles hace carrera y se decidiera bautizarlas, es posible que por iniciativa popular, una de ellas se llame “Avenida David Murcia Guzmán” y en el busto que se instauraría en su honor se leería la descarada frase que harto ayuda a la cultura de la ilegalidad: “Dejen trabajar.”
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jueves 20 de noviembre de 2008
domingo 2 de noviembre de 2008
Bien Decente
Siempre he cuestionado vehementemente el uso de la expresión “bien” cuando con ella se pretende aludir a la posición socioeconómica y familiar de alguien. Me he puesto a indagar, sin parecer muy inquisitivo para lograr la anuencia de quienes la usan y me he dado cuenta que es un concepto difícil de definir y cuando se vuelve sinónimo del adjetivo “decente”, la cosa se complica más.
En estricto español “bien” y “decente” son expresiones que describen características mucho más elevadas que la simple riqueza o abolengo. También se suele hablar de un concepto más sospechoso aún y es el de “buena familia”. Generalmente quienes están en las “buenas familias” son “bien” y muy “decentes” y sólo quienes creen que están en esa gran categoría tienen derecho a incluir o excluir a alguien de ella.
De esta manera, no importa cuan disfuncional sea la familia, esta sigue siendo “buena” si la mayoría de los que son “bien” así lo consideran y es irrelevante si la jefa de la casa es una reconocida ladrona de cuello blanco o el jefe del hogar es un explotador pseudoesclavista de sus empleados porque nunca dejarán de ser “decentes”.
Mi trabajo diario consiste en alejarme un poco más de estas sucias denominaciones porque lo que más asco me dan es que pese a generar reacción adversa en mí, las entiendo perfectamente y eso me avergüenza.
En estricto español “bien” y “decente” son expresiones que describen características mucho más elevadas que la simple riqueza o abolengo. También se suele hablar de un concepto más sospechoso aún y es el de “buena familia”. Generalmente quienes están en las “buenas familias” son “bien” y muy “decentes” y sólo quienes creen que están en esa gran categoría tienen derecho a incluir o excluir a alguien de ella.
De esta manera, no importa cuan disfuncional sea la familia, esta sigue siendo “buena” si la mayoría de los que son “bien” así lo consideran y es irrelevante si la jefa de la casa es una reconocida ladrona de cuello blanco o el jefe del hogar es un explotador pseudoesclavista de sus empleados porque nunca dejarán de ser “decentes”.
Mi trabajo diario consiste en alejarme un poco más de estas sucias denominaciones porque lo que más asco me dan es que pese a generar reacción adversa en mí, las entiendo perfectamente y eso me avergüenza.
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